CARTAS A MI HERMANO: CARTA II

Moira Brncic Isaza
2006
II
Segunda memoria

¿Qué hicimos luego de brincar los tres hermanos sobre las camas desvencijadas? ¿Reírnos y dormirnos? ¿Fuimos al colegio al día siguiente?

No. Nosotras, con las piernas colgando del balcón del segundo piso, por entre los barrotes y sentaditas, con los delantales blancos que cosía mamá, esperamos a que tú regresaras del Liceo…

Cuando yo tenía cinco años, nos cambiamos de casa. Esto es un recuerdo nítido: el departamento vacío, el camión de mudanzas emprendiendo la marcha hacia nuestro nuevo hogar… yo quería ayudar en llevar algo, debo haber molestado en pedirlo varias veces, tú ibas con bártulos en la mano, entonces me pasaste la olla a presión para que la trasladara. Como íbamos a pie, yo cargaba la olla, me recuerdo seria, con cara de participar, integrada al cambio, gracias a ti y riéndonos, no sé de qué, me pesa la cacerola, se bambolea, cuadras más allá, la transportaste tú.

Cuando llegamos a tener un jardín propio, casa de dos pisos, escalera, habitaciones personales, la mía con mi hermana y un balcón… No sé si ese mismo día, o en los siguientes, nos asomamos por él. Abajo, un cerro de tierra de hoja que habían dejado para hacer el jardín casi topaba con su losa inferior. ¿Era compost o arena dejada por los constructores? Verla y planear cómo nos tirábamos sobre ella fue una sola cosa. Creo que te encaramaste tu primero a la balaustrada y saltaste. Me parece que había un primo, o un amigo tuyo en las mismas, que te siguió. ¿Salté yo? Creo que si.  Tú: ¿continuaste saltando?

Esta evocación del salto sobre el montículo conjuga mi libertad. A tu lado nada podía pasarnos. Era como tener un seguro total contra catástrofes. Años más tarde, yo asumí riesgos que pusieron a mamá al borde del ataque de nervios, como escalar muros, andar sobre ellos -apenas sobre una superficie de diez centímetros- hasta llegar al techo de zinc del garage pertrechadas con víveres y volantines para elevarlos más alto que los amigos del vecindario.

Con esto no quiero decir, hermano mío, que me enseñaste a introducirme en los peligros, sino  que contribuiste a despertar en mí, la libertad por experimentar, mi potencial, el amor por la aventura y la imaginación. Sin adelantarme en esta carta, no obstante, en ese mismo techo elevamos cometas acompañados con quien más tarde sería tu esposa, Teresa, estudiante de Coreografía y Danza Contemporánea, tan veloz y ágil para trepar y divertirse con nosotras.                                                               

Existía, durante los almuerzos y comidas, tu presencia a mi lado como el compañero de lucha, de diversiones y misterios. Los ‘uno por ciento’ que le sacábamos a la comida de nuestra hermana Alma, sentada al frente, junto a nuestra madre.                                                                         

Las discusiones con papá. Te veía crecer, entre la música, el Liceo, los deportes y tus amistades. Tangencial, yo observaba tu vida calladamente a partir de mis siete años, ya sea sentada en la escalera, buscando mentalmente justicia para aminorar la severidad de nuestro padre contigo, admirando cómo tocabas, agradeciéndote tu compañía y ayuda, o preocupándome de tu respiración, especialmente cuando debías rendir en el Conservatorio tu examen de oboe.

Es muy extraño que siendo tan chica recuerde momentos álgidos como aquellas divergencias, entre tantas que tuviste con papá. Las presencié desde el escalón superior, para que papá no supiera que yo escuchaba cómo te trataba. ¡No sé que le hubiera hecho!…                                                

En otros días reverberaba la música de Cámara. La sala se convertía en auditórium: dos violines, un cello, la viola. Tú ya tenías, catorce o quince años, tal vez dieciséis. Tocabas con tus amigos y compañeros de curso.  Escucho ahora, y te lo agradezco, el Concierto para dos violines de Vivaldi… la puerta de entrada medio abierta hacia el jardín, la brisa anunciante del fin del invierno, y la música desparramándose por los intersticios de la casa: la cocina, el recibidor, las habitaciones, el comedor. Y más allá. Yo la sentía hasta destrozárseme el alma a pedazos por la emoción del sonido. El sonido tiene esta doble faz: entristecerte hasta la alegría. A pesar de mis siete u ocho años, en algún instante sentí que todo aquello maravilloso que se nos daba tendría su final natural, para lo cual debía estar preparada, tener pasta de heroína, como los protagonistas de los libros de Salgari.                                                                                     

Un día me invitaste a la casa de Renato, uno de los violines. En el microbús te dije: Ahora vamos a la casa de Renato. ¿Cuándo vamos a ir a la casa de Parada? Te largaste a reír tan simpático, tan tierno que yo creo que entendí en ese instante que Renato y Parada eran la misma persona, me lo explicaste con tanta dulzura. Y yo muy orgullosa de esta invitación me quedé pensando: ¿Cómo lo hacías, con tan poca cosa, para expandir tu regocijo, gozar del chiste, sin hacerme sentir que había dicho algo ridículo, tonto? Aprendí de ti, a los ocho años, a reírnos de nosotros mismos y a entender las posibilidades de las diversas miradas.     

-No deseo hablar en estas cartas de nuestro padre en detalle, que, en ocasiones tocaba la flauta, una de las Suites de Bach, o Mozart,- cuando tu cuarteto resuena primordial en la formación de mi alma. Sólo de ti. El buen hermano que cargaba, por las calles, nuestros abrigos, chaquetas y chalecos de colegio más nuestros pesados bolsones, durante diez cuadras, hasta llegar a casa a almorzar, para enseguida acompañarnos de vuelta al Liceo, ahora con menos equipaje, tal vez sin abrigos y con las chaquetas puestas, dejando los chalecos quizás dónde, con los bolsones otra vez, y comiendo manzanas. En invierno, calentándonos las manos con las castañas quemantes en los bolsillos, recién extraídas de las brasas.  Estos viajes, que duraban todos los días hábiles del año, nos fortalecían en la caminata obligada, siendo tú quien inventaba toda clase de artilugios para que no percibiéramos cuánto nos faltaba por recorrer -a ratos las cuadras se nos hacían eternas por el hambre y el cansancio- con la sabiduría innata de un “padre nutricio”, adolescente e inteligente.

Es necesario recordártelo: los cuentos, las preguntas que nos hacías en relación a cómo nos había ido en las pruebas, las diferencias de opinión que manteníamos con respecto a la ortografía de ciertas palabras, a temas que tú bien sabías su contenido, pero yo, porfiando con mi imaginación díscola, como si cada conocimiento pudiese pasar por una suerte de transformación (permanentemente he pensado en esto desde entonces ¿por qué un conocimiento no se puede transformar según lo que uno piense?).                                                        

Algo admirable en ti es que nos dejaras expresarnos. Yo te relataba mis últimas lecturas, tú aportabas con datos o las enriquecías naturalmente, y te reías con mis “entonces”, o “la llamada” señorita, ahora no lo recuerdo bien, te reías muchísimo, si era “la señorita llamada” tanto y tanto, o al revés. Era el participio que te producía gracia. Así llegábamos a casa, agotados y felices. Gracias Gabriel.                                                                                                                             

Una vez, de todas esas, tuviste que rendir tu examen de oboe. Enseguida del almuerzo, comenzaste a pasear por el comedor, y después por la sala medio ahogado. Yo no entendía qué te pasaba, te lo pregunté, me aseguraste, como ha sido tu costumbre hasta el día hoy, que “nada”, “que no me preocupara”, peroyo veía que te costaba respirar. ¿Pánico escénico? ¿Temor a nuestro padre? Como él bien me apodó, yo fui “la abogada del Diablo”, capaz de defender quizás qué punto de vista, todos los tuyos, me imagino. ¿Ganas de jugar fútbol y no tocar más, aunque te gustase el instrumento? Yo me daba cuenta de que el oboe es uno de los instrumentos más difíciles de ejecutar.                                                   

Partiste con mi mamá a rendir el examen. A tu regreso, mamá me comentó aparte que te había sido muy difícil respirar en esa situación. No me quedó claro si repitieron el examen, si ahí te retiraste del estudio del oboe, no viene al caso, mi propia memoria comienza a desdeñar ciertas precisiones para alcanzar sintéticamente lo esencial, lo “invisible a los ojos”, según El Principito. Deseo contarte como yo te escuché innumerables veces, ensayar en tu cuarto diversas partituras, la familiaridad obtenida cuando penetraba en él, en tu ausencia, y la música reposaba en el atril trayéndome tu presencia. Las observaba con delicadeza: un lenguaje oculto, extraordinariamente poético, digno de la lectura de un genio: tú.                                                                                                                                                   Es un secreto.                                                                                                                                                

A poco escuchaba pasos y eras tú que retornaba del Liceo para estudiar otra vez, o del Conservatorio; un día traías, en una cajita, las cañas nuevas del instrumento. Con una gillette, las ibas cortando, probando, engarzándolas en la embocadura del oboe, sacándolas, amarrándolas con suavidad, hasta volver a tocar el Concierto de Marcello, para concluir, en el atril, su perfección.

La vida familiar continuaba su curso, tan espontánea y explosiva a ratos, como los genes mezclados de yugoslavos, irlandeses, vascos y colombianos. ¡Cómo vivenciar negociaciones y encuentros de poblaciones tan disímiles, orquestaciones subterráneas, ¡es un milagro! Aprendimos a aplaudir con una sola mano y el aire fue nuestro compañero de voces y distancias.                                                                                                              

No quisiera dejar ningún rincón de la memoria sin luminosidades. Por de pronto, anterior a lo que evoco, apenas llegados a la casa nueva, instalaste una barra, bien sujeta, firme para resistir tu peso. Allí te dabas vueltas, bailabas con una sola mano, nos hacías piruetas, te arriesgabas. Quise yo alguna vez colgarme, pero nunca tuve la fuerza de tus brazos musculosos. En cambio, tomé por asalto trepar el muro bajito de la ventana, que daba arriba en la escalera, traspasarlo, y descender a unos ochenta centímetros, al techo de cemento que cubría la entrada de la puerta principal donde me instalaba a leer tranquilamente, a dos metros y medio de altura del jardín.